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Por: Alcides Fuentes

Esa mañana cuidaban los papos el camino
del jinete que se acercaba galanteando pasos.
En un corcel alazán, que algunos dicen, sonreía.
Y el largo cabello negro de la chiquilla hermosa
enmarcaba dos ojos castaños en la ventana.

Ella, dama de campiña; Él, un soldado sin guerra.
Rubio, de barba fina, caballero de otro tiempo.
Salió apurada, subió al potro y dejó una carta.
Una risa alocada trotó en el aire con ellos.
Nerviosos y felices se fueron a contar los días.

Luego, vino el hijo a alegrar su cansancio de viejos.
Madeja de cabellos dorados y frases pequeñas.
Presagio de sol que tomó la casa en invierno.
También para él nacía el amor en otro sitio, en algún tiempo.
Y se hizo grande buscándola entre sueños y vida.

La encontró, con flores en el pelo, cantaba libre,
Ofreciendo plegarias elevadas a las nubes.
En una mañana tibia que se asomó a febrero
Me trajeron a compartir la voz con mis hermanos
A derribar los muros de un pasado casi anclado

Y así busqué mi amor verdadero. Ella me esperaba en su ventana.
No tengo el rubio ni los ojos azules de abuelo
Con la fuerza natural quise subir peldaños
Traerla a ella de la mano y regalarnos luz
Compartir nueva sangre y darnos los hijos a besos.

(Abuelos)

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