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Cuarenta en cuarentena

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a gripe de Wuhan. Se veía y sonaba lejísimos. Dos meses después, ya la teníamos en nuestras narices, literalmente. Todo comenzó, -según el gobierno-, un 8 de marzo, día que nos confirmaron que el virus había llegado a Panamá de forma oficial. 

Sin embargo hoy sabemos que convivimos con él hasta antes de los carnavales. Pensándolo bien, me alegra haber insistido en organizar nuestro encuentro familiar justo antes de la llegada del Coronavirus al país.

El día en que todo comenzó

Recuerdo que el 24 de marzo decretaron la cuarentena total. Ese día cumplí 40 años, hicimos una videollamada en familia y comimos hamburguesas de Slabón. Nos abastecimos días antes con tequila, ron, vodka y un par de cajas de cerveza. Cuando se nos acababa llamábamos al proveedor clandestino. Justo ese día comenzó la “Ley Seca” y solo se podía salir tres veces a la semana por género. Confieso que para mí ha sido divertido ir al súper con mascarilla y ver a las mujeres haciendo sus compras, igual me resulta gracioso ver a los esposos en su día correspondiente, pasando páramo.

Entre marzo, abril y mayo, se nos hizo costumbre hacer videollamadas familiares para celebrar los cumpleañeros de esos meses que son el 80% de la familia. Nos acostumbramos a ver las conferencias de prensa del MINSA a las 6:00 p.m. con “Equipo Panamá”.

Siento que ha sido como un fin de semana de varios meses, en donde he aprendido a cocinar recetas nuevas: flan, brownie, ropa vieja, torrejitas de maíz, costillas, arroz con pollo, sopa, hongos rellenos con vino tinto, emparedado Montecristo, entre otras delicias.

También aprendí a pelar y picar y hacer chicha de piña, a limpiar los quemadores y cambiar el papel aluminio de la estufa, a limpiar baños, ordenar repisas y mover polvo en donde nunca nadie había llegado. 

¿Y ahora qué?

Han pasado seis meses desde que no salgo del apartamento, al menos que sea para ir al súper o a la farmacia, si no es que pido a domicilio. Mi oficina se vio obligada a suspender operaciones, por lo cual el último salario normal lo percibí el pasado mes de marzo. Aunque me acogí a la moratoria de hipoteca y préstamo de auto; los gastos de seguros, mantenimiento, súper, medicamentos, agua y luz continúan, sin contar imprevistos, como que se  enferme Loki, el chihuahua.

Y sigue pasando el tiempo. Confieso que hay días en que me desespero. Unos se pasan más largos que los otros. Esto no ha sido fácil. Vivir en la incertidumbre de no saber qué va a pasar, si nos infectamos… cuándo abrirán de nuevo los comercios del país y que los panameños regresemos a nuestras plazas laborales.

Se me ha salido una que otra lágrima por miedo del Covid-19. Quiero que mi familia esté bien, mis sobrinos, nuestros amigos, compañeros de trabajo, jefes, hermanas… nuestros viejos.

Mi esposo se ha rajado el lomo para que no nos falte nada en estos momentos, así que agradezco a Dios tener techo y comida y que me haya tocado el mejor compañero de cuarentena, con quien sostengo interminables charlas hasta el amanecer en nuestras rumbitas de balcón.

Ser mejores

Siento pesar por quienes no tienen algo de comer en sus mesas. Por aquellos empresarios que con tanto sacrificio y esfuerzo construyeron sus imperios, y hoy con un chasquido de dedos -como Thanos, en Los Vengadores- se les derrumbó el trabajo de años. 

No soy de echar la culpa a los demás ni de criticar al gobierno…, pero no me pareció justo, que decidieron encerrarnos en nuestras casas y cerrar las puertas de los negocios arbitrariamente, dejar a tanta gente sin trabajo y sin tan siquiera permitirle a los propietarios que pudieran planificar cómo operar, aunque sea desde sus casas. ¡No se vale!  

Ya hemos perdido a cientos de personas, y seguirá en aumento. Padres, madres, hermanos, amigos, hijos. Solo me queda pedir a Dios que la cura y vacuna lleguen pronto, que a los míos no les pase nada y que podamos salir firmes y resilientes y que de verdad aprendamos algo. Tanta muerte y dolor no pueden ser en vano, debemos ser mejores.

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